CATALÀ / CASTELLANO 06 de setembre de 2010



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Por un humanismo secular

Hemos leído muchas veces aquello de “si Dios ha muerto, todo está permitido”. La frase remite a la cuestión de que, no existiendo una autoridad superior impulsora de una ética que nos indique dónde está el bien y dónde está el mal, no existiendo un árbitro más allá de la vida con capacidad de impartir una justa retribución, el ser humano carece de motivos para frenar el lado más oscuro y asocial de su naturaleza. Si Dios no existiera, habría que inventarlo pues no hallaríamos otro lugar dónde “colgar” el concepto de Ética. ¿Es esto así?

Orígenes de la moral

Los códigos éticos son preceptos a los que se llega por consenso bajo la guía de reglas innatas de desarrollo mental. Las investigaciones de los últimos años en campos que van desde la etología a la antropología pasando por la psicología evolutiva indican que nuestros impulsos morales se deben más a nuestro “cableado” biológico que a una elección consciente. Durante la mayor parte de la historia evolutiva del homo sapiens y de las especies antecesoras, homo habilis, homo erectus y homo ergaster, la evolución cultural era lo bastante lenta como para permanecer estrechamente emparejada con la evolución genética. Probablemente, durante todo este tiempo, tanto la cultura como los genes que subyacen a la naturaleza humana eran genéticamente aptos. A lo largo de decenas de miles de años en el Pleistoceno la evolución de artefactos permaneció casi estática, y presumiblemente lo mismo ocurrió con la organización social básica de las bandas de cazadores recolectores que los usaban. Hubo el tiempo suficiente, a medida que un milenio sucedía a otro, para que los genes y las reglas epigenéticas evolucionaran al unísono con la cultura. Los actos morales de altruismo, simpatía o cooperación favorecieron la supervivencia de los primates y de los homínidos que vivían en las duras condiciones de la prehistoria.
Esto está profundamente arraigado en el cerebro humano y se manifiesta incluso antes de que nuestros pequeños hayan sido socializados. La idea de justicia y de equidad parece ser consustancial en el hombre y todos hemos sido testigos de cómo niños que apenas andan son perfectamente conscientes de ella cuando valoran si están tomando una porción justa de un pastel de cumpleaños o de cualquier golosina que se reparta. Lo mismo sucede con nuestros parientes los primates. También en todas las culturas la gente siente vergüenza por casi las mismas cosas en casi las mismas circunstancias, o tiene un profundo sentido de la justicia de manera que axiomas tales como “Quien a hierro mata a hierro muere” o “Ojo por ojo diente por diente” modelan la vida humana en cualquier lugar del planeta.
No siempre nos ha parecido tan obvio. Hemos dado por descontado elementos básicos fundamentales como la gratitud, el remordimiento, el orgullo, la vergüenza, el honor, el justo castigo o el justo premio, la empatía, el amor etc. Pero eso no tendría que ser así necesariamente. Si todo fuera una cuestión cultural, de roles, como se sigue sosteniendo, la gente podría sentir algunos de esos rasgos pero no los otros. Y no es así. Por ello ya no es creíble lo que viene a llamarse “modelo estándar de las ciencias sociales”, que otorga todo el peso a la cultura y supone al hombre y a sus sociedades como una arcilla infinitamente moldeable.


El hombre encuentra a Dios
Las emociones morales - la culpa, el orgullo, la vergüenza, el altruismo, el sentido de justicia e injusticia- evolucionaron genéticamente en pequeñas bandas de 100 a 200 individuos como forma de control social y de cohesión del grupo. Cuando la agricultura permitió la explosión demográfica de lo que durante 90 000 años habían sido estas bandas se plantearon nuevos retos. Somos capaces de engaño a la vez que de lealtad, pero los acuerdos informales y los contratos sociales de aquellas épocas dejaron de ser fiables. Y esto sucedió porque el altruismo recíproco funciona sólo cuando uno sabe con exactitud quien va a cooperar y quien nos la puede jugar. En una palabra: cuando conocemos personalmente a la gente. El origen primario de los sentimientos morales es la relación dinámica entre la cooperación y la deserción. Esto lo saben también nuestros primos los póngidos y el resto de los primates. Es “sabiduría ancestral”: el sentido de lo justo es un profundo sentimiento evolutivo que se estableció porque era bueno para el grupo.
Así evolucionó la moralidad, pero allí, en aquellas pequeñas bandas de cazadores recolectores, se detuvo y, en los últimos 10.000 años, las tribus se convirtieron en “jefaturas” de decenas de miles de individuos; estas en estados de cientos de miles y, ahora, en imperios de millones. Durante todo este tiempo hemos tenido que ir creando sistemas para su gobierno y para la resolución de conflictos como la política y la religión, que se convirtió en la principal institución social para resaltar los valores que mejor funcionaban en la comunidad. Se animaron el altruismo y la generosidad, se castigaron la excesiva codicia y el egoísmo y se puso de manifiesto el nivel de compromiso al grupo a través de acontecimientos sociales y rituales religiosos. Como dice Michael Shermer “si se te ve cada semana participando en las actividades religiosas y siguiendo los ritos preescritos eso indica que eres una persona en la que se puede confiar”.

Ahora

Las religiones han provisto a la humanidad de principios, valores, objetivos y códigos restrictivos y funcionó bastante bien en tiempos en que la mayor parte de ella no se comunicaba más que con gentes de su propia cultura. Ahora, en el mundo globalizado de las sociedades occidentales, son fuente de fricciones. Los códigos morales fundamentados en la religión son, por su propia naturaleza, incompatibles los unos con los otros. Toda religión importante es una ganadora en la lucha que se traba entre culturas, y ninguna de ellas floreció tolerando a sus rivales. Por otro lado, la razón y el pensamiento crítico que floreció a partir sobre todo de la Ilustración han aportado grandes avances en el campo de la ciencia pero hacen retroceder cada día el ámbito de lo misterioso e inefable, territorios de la religión. El resultado es una sociedad donde crece el número de los no creyentes y de personas con una idea laxa y, a veces, cínica del concepto de ética. Sin embargo, seguimos siendo criaturas que dejaron de evolucionar moralmente y que tienen que tratar con unos impulsos básicos para mentir, engañar, murmurar, robar o agredir si permiten un atajo para la consecución de los deseos. Tenemos, a la vez que unos impulsos positivos, una habilidad inherente para excusar nuestros propios fines inmorales: sabemos racionalizar cualquiera de nuestras conductas egoístas e, incluso, auto convencernos de que realmente merecemos romper las reglas. Es más: se considera un mérito hacerlo cuando la víctima de nuestro comportamiento es ajena al grupo, como veremos más adelante.
Estas son desagradables conductas con las que hemos de aprender a vivir mientras seamos seres humanos. Y no parece que la evolución nos vaya a ayudar a refinar nuestro sentido del bien y del mal. Afortunadamente, estamos programados por la cultura, la historia y la evolución para resistir la persecución de nuestra propia felicidad a expensas de la de otros.

“Los nuestros”

Evolucionamos en el Paleolítico cuando nuestros vecinos eran nuestra misma familia, la familia extensa o miembros de una pequeña comunidad en la que todo el mundo se conocía. Ayudarles era como ayudarse a sí mismo. Los miembros de otros grupos no estaban incluidos. Podemos verlo en los relatos antiguos de gestas y batallas y constatamos esa doble moral en la misma Biblia, en el Antiguo Testamento, donde a la vez que se exalta el “no matarás” en una página, en la siguiente el Señor puede lanzar a los israelitas a las peores fechorías contra los enemigos paganos. La exclusión y el fanatismo surgen del tribalismo, la creencia en la superioridad innata y la categoría especial de los que pertenecen al grupo. Los sentimientos morales evolucionaron para ser selectivos y son los más fáciles de manipular.

La ciencia y el Humanismo Secular

¿Es posible una ética laica, fundamentada en la razón y la ciencia, que podamos compartir todos los humanos independientemente de nuestras particularidades confesionales en el caso de tenerlas? Algunos creemos que esto es posible y necesario. La Ilustración del siglo XVIII abrió las puertas a la emancipación del Hombre de las cadenas del oscurantismo y de la superstición, pero su visión de la Razón era absolutista debido a las limitaciones del conocimiento de la época. Sin embargo, su convicción de que las ciencias, la razón, la democracia, la educación y los valores humanos pueden lograr el progreso y la libertad sigue vigente.
Hay quien insiste en repetir la famosa sentencia de Malraux “el siglo XXI será religioso o no será”. La frase es enigmática y posiblemente vacía. Es sólo una frase, por más que haya acabado siendo un fetiche. Se puede vivir sin Dios o sin religión, pero de ninguna manera es posible un mundo que no se rija por unos códigos éticos. Pero estos códigos éticos han de estar fundamentados en una comprensión de la verdadera naturaleza del hombre. En el SXX hemos asistido a desafortunados experimentos sociales y al intento de sustitución de determinados pilares tradicionales de nuestras instituciones en base a teorías y conjeturas con escaso soporte empírico. Esas corrientes, que fueron favorables a la idea de una supuesta “Tabla Rasa” de la mente del hombre, aún tienen vigencia en la intelectualidad occidental a pesar de los muchos avances que las disciplinas de carácter darvinista están en condición de ofrecernos. El resultado es de una gran confusión en la adecuación de los preceptos éticos a los nuevos retos de una sociedad científica y tecnológicamente avanzada. A principios del SXXI la psicología evolutiva está más cercana, en determinado sentido, a los presupuestos tradicionales de la derecha que a los de la izquierda, como bien resalta Peter Singer en su libro “Una izquierda darviniana”. Thomas Sowell, politólogo conservador y religioso, pero con posturas más cercanas que la izquierda al sentido común, dice:

“De cada 100 ideas 99 serán seguramente inferiores a las respuestas tradicionales que se proponen reemplazar. No existe hombre, por brillante o bien informado que sea, capaz en una sola vida de llegar a la plenitud de conocimiento necesario para juzgar y descartar las costumbres o instituciones de su sociedad, ya que son la sabiduría de generaciones en cientos de años de experimentación en el laboratorio de la historia.”

Por tanto, se impone una vía menos megalómana y más basada en la evidencia a la hora de proponer cualquier reforma social. El cambio por el cambio no necesariamente conduce a ningún progreso. Ni la moral es “moralina”, ni toda moral es moral sexual. Cualquier reforma ha de empezar por el reconocimiento de las causas. La resolución de los problemas vendrá a través de la acción social que nos permiten los mecanismos de la democracia. Es un largo camino pero, si no tenemos claros unos principios, si no defendemos con rigor el bien por encima del mal, nos veremos abocados al nihilismo destructor, reverso de la religión, que ya ha probado sus terribles efectos en la historia más reciente de la humanidad. Siempre será mejor un mundo con valores religiosos que un mundo sin valores de ningún tipo.
¿Por qué es necesario el Humanismo Secular? Cada vez somos más las personas que abandonamos la religión porque no podemos creer que Dios exista. La ciencia, el sentido crítico, el afinamiento de los instrumentos de la razón nos impide a muchos creer en dogmas o en mitos indemostrables. El entramado religioso donde encontrábamos la orientación sobre cómo actuar ya no nos resulta válido. La mayor parte de las visiones del mundo aceptadas aún hoy tuvieron sus orígenes en el mundo pre urbano, nómada y agrícola del pasado. El cerebro humano evolucionó para asegurar la supervivencia del cazador-recolector y no del individuo de las modernas sociedades industriales o post industriales que se han de enfrentar a la emergencia de una cultura global. El multiculturalismo, como paisaje en el que distintas culturas compiten en pie de igualdad, no ha sido más que un sueño. Esa cultura global está destinada a ser la única cultura posible, pues es la que se va a construir entre todos a partir de una competencia de visiones en la que resultarán triunfadoras aquellas que proporcionen en la práctica una superior calidad de vida al ciudadano, y no podrán ser independiente de los logros más importantes del intelecto humano: los derechos y libertades del individuo recogidos en la carta de los derechos humanos, el legado de la ciencia y de la razón crítica y la del único sistema que ha demostrado ser capaz de crear y distribuir riqueza: el capitalismo liberal.
El naturalismo científico, pilar del humanismo secular, está vinculado a un conjunto de prescripciones metodológicas: todas las hipótesis y teorías deben estar comprobadas experimentalmente con referencia explícita a causas y sucesos naturales. Para el Humanismo Secular es inadmisible introducir causas ocultas o explicaciones transcendentales. Por ello el espacio público de la cultura planetaria emergente no podrá contar con los sistemas de valores y creencias de las culturas tradicionales puesto que requerirá de un panorama universal basado en hipótesis y teorías ya comprobadas. Se tratará de un espacio de consenso que no acudirá a la religión, la poesía, la literatura o las artes, por más que tales actividades sean importantes expresiones de intereses humanos, sino a un materialismo no reduccionista puesto que los procesos y sucesos naturales están mejor documentados cuando van referidos a causas materiales. Los métodos de las ciencias no son infalibles, no nos colocan en presencia de verdades absolutas e inamovibles. Bien al contrario, ponen el acento en el proceso, en el feed-back con la realidad, se modifican a medida que llega información más perfecta y, por ello, constituyen los métodos más fidedignos para aumentar el conocimiento y resolver los problemas humanos. El método científico, que ha tenido un poderoso efecto en la transformación de la civilización mundial, puede ser universalmente comprendido ya que los más amplios sectores de la población aceptan hoy la utilidad de las ciencias y reconocen sus consecuencias positivas. Desgraciadamente, su aplicación ha sido con frecuencia confinada a estrechas especialidades, y se han ignorado sus más amplias implicaciones para nuestra visión de la realidad. Es hora de dirigirnos hacia una “Consiliencia”, como propone E.O.Wilson, a una reunión entre la ciencia y las humanidades. Como dice este autor “El raciocinio moral, así lo creo, es en todos los niveles intrínsecamente consiliente con las ciencias naturales”. De ello surgirá la nueva ética humanista.
El Humanismo Secular acoge a un universo pluralista en el que el consenso es posible sea cuál sea el origen cultural e, incluso, religioso de cada uno. No trata de sustituir ninguna creencia privada, sólo busca el territorio común de la razón y de lo objetivo, pues sólo es posible el consenso desde lo que todos podemos acceder y comprender. Este consenso es universal y transciende los grupos humanos convirtiéndolos en humanidad compartida. Como dijo Richard Feynman “si existe una forma independiente de juzgar la verdad, las relaciones humanas pueden llegar a estar libres de enfrentamientos”. El corpus mytsicum pagano del nazismo y la doctrina de la lucha de clases del marxismo-leninismo, ambos esencialmente dogmas de religiones sin Dios, fueron puestos al servicio del tribalismo, no al revés. La ética secular, la ética naturalista es la superación de la moral “in-group”, puesto que no se restringe a ninguna religión, nación o pueblo. Es ajena a las diferencias que desde los albores de la humanidad han destruido tantas vidas humanas únicas e irremplazables y que en esta era de sofisticada tecnología para la agresión nos ponen en peligro a todos en conjunto. En resumen, esta ética consensuada nos convierte a todos en pertenecientes al mismo grupo solidario: el del Homo Sapiens.
El S. XXI, al igual que el XXII y todos los que sigan, “será ético o no será”. Básicamente porque si el S XXI no lo fuera ya no habría ningún S XXII esperándonos.

Bibliografía:

Richard Feynman, “Qué significa todo esto?”. Crítica, 1999.
Paul Kurtz, “Toward a new enlightenment”. Transaction Publishers, 1994.
Michael Shermer, "The Science of Good and Evil: Why People Cheat, Gossip, Care, Share and Follow the Golden Rule". Times Books, 2004.
Thomas Sowell, “Race&Culture”. Basic Books, 1994.
E.O. Wilson, “Consilience, la unidad del conocimiento”, Galaxia Gutemberg/Círculo de lectores, 1999.
Rober Wright, “The moral animal”. Vintage Books, 1994.

Manifiesto humanista 2000 www.filosofia.org/cod/c1999hum.htm


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