Revista de Ciutadans de Catalunya

Crónicas de Angelita...

 

30/10/07 · Crónica 1
1. Reflexiones de una emigrante española en Francia
Traducción Alex Mestre

Leer original en Francés

Nací en 1958 en un pueblo del sur de España. Mis progenitores formaron parte de ese contingente de emigrantes solicitados por el general De Gaulle a finales de los años 50. A la edad de dos años y medio llegué junto con mis padres y mis hermanas a los arrabales parisinos un nevado 25 de Diciembre. Mi padre quiso que sus hijas celebraran la Navidad en familia. Ellos habían ahorrado durante dos años para poder vivir todos juntos en un piso de 28 m2, sin calefacción, ni agua caliente ni baño. Vivíamos faltos de recursos económicos, que se vieron agravados cuando mi padre sucumbió a un cáncer a la edad de 38 años. No tengo recuerdos suyos. Sólo las lágrimas de mi madre me recuerdan su existencia. No pude decir “Papá” y más tarde tampoco supe decir “Mamá”. Mi madre, analfabeta, se mataba a trabajar. Una auténtica mula. Sobreexplotada de las 6 de la mañana hasta las 10 de la noche, a veces incluso hasta medianoche o más tarde si hacía falta. Mi madre no sabía decir que no. Ella ignoraba todas las leyes de la república y nadie se preocupaba por ella. Francia, en aquella época, sólo se ocupaba de los expatriados y de los refugiados políticos. Era su deber. ¿No era la patria de los derechos del Hombre? Francia no era amable con sus emigrantes, y mucho menos con los analfabetos. Parecía normal explotarlos sin escrúpulos. Cuando los servicios sociales le aconsejaron ceder a sus hijas a familias de acogida mi madre se levantó, con la cara enrojecida por la cólera, tomó a sus cinco pequeñas de la mano, pegó un portazo y se fue.

Mis hermanas y yo crecimos solas, en la pobreza pero dignas. Mi infancia fue feliz, a pesar del frío, el hambre, la ausencia de los padres o los comentarios racistas recibidos en la escuela. Recuerdo haber sentido vergüenza por las palabras mal pronunciadas, las risitas que venían del fondo del aula o la impaciencia de los maestros. A los hijos de los emigrantes no se les ayudaba mucho por entonces. Nadie sentía pena por ellos. Les tocaba hacer el esfuerzo de trabajar el doble. Todos lo sabíamos. Era duro, muy duro, puesto que teníamos que trabajar fuera los días de fiesta desde temprana edad escolar. La Francia de esa época no protegía a los niños, y mucho menos a los emigrantes. A mi me parecía normal ganarme unos dinerillos haciendo trabajos extenuantes y llegar al colegio rota por la fatiga. Me sentía avergonzada de mis callosas manos, astilladas en los frigoríficos de los supermercados. Me sentía avergonzada por bajar a la calle para ir al baño y que me vieran los niños que se encontraban allí jugando. Me sentía avergonzada de fregar escaleras los domingos por la mañana y de salir por la noche a tirar las basuras de otros. Yo era la hija de una mujer de la limpieza y de un conserje español. La Francia de los años 60-70 despreciaba a los emigrantes, y los españoles, como los judíos, polacos, italianos, antillanos o los africanos no escapaban al escarnio.

Y a pesar de que mi infancia fue difícil y mi adolescencia más que dolorosa, nunca sentí odio ni rencor por el país de los derechos del Hombre. Al contrario, yo le estoy agradecida, la hija de una emigrante analfabeta, por haberme acogido en su escuela y haberme permitido acceder a la universidad. A Francia le debo, por un lado, lo que soy y, por otro, la experiencia de la diferencia.