Crónicas de Angelita...
08/11/07 · Crónica 2
2. Reflexiones de una emigrante española en Francia
Traducción Alex Mestre
En la escuela republicana descubrí muy pronto a los otros, a los franceses, pero también a los otros hijos de emigrantes. Como sucedía entre nuestros padres, las relaciones entre jóvenes emigrantes eran más bien cordiales. Había un desconocimiento mutuo en lo referente a costumbres y tradiciones religiosas propias, pero discutíamos sobre nuestras dificultades escolares o sobre nuestros profesores de manera parecida a cómo lo hacían nuestros padres de sus condiciones de trabajo y sus patronos. Nada más. La vida ya era lo suficientemente dura como para polemizar. A pesar de todo, supe en la escuela que mis compañeras árabes no trabajaban nunca. Ni en verano. Ni siquiera podían cuidar niños, como lo hacían otras compañeras francesas o de otro lugar. Simple y llanamente les estaba prohibido ir a las casas de aquellos que no fueran árabes. Les vigilaban sus movimientos y las personas que frecuentaban, y se les escogía el futuro marido. En tanto que española, me toleraban. Comentaban en sus familias que yo era una árabe más. Veían a España como su paraíso perdido. Todo parecía ser de su propiedad allá abajo, hasta la gente. “En el fondo eres árabe, habrá que casarte con uno” me decían a menudo, algunas veces con convicción, otras con ironía. Todo esto acabó por molestarme. Tan sólo era compañera de clase de sus hijas, nada más. Les ayudaba en sus deberes y a veces algunas me confiaban sus penas, su cólera, o su frustración.
Ellas vivían en Francia y sus padres y hermanos, con la complicidad de las propias madres, barrían sus sueños de libertad y de amor. Algunas de ellas desparecían una buena mañana. Las habían enviado a la fuerza a su país de origen. Demasiado occidentalizadas.
A pesar de todo envidiaba a mis compañeras árabes, sus apartamentos HLM (*) donde vivían, que por lo menos tenían calefacción, agua caliente, ducha y a veces hasta bañera, y a sus madres en casa haciendo pasteles para ellos o para las vecinas. Un mundo absolutamente femenino donde las mujeres sólo se ocupaban de los niños y de las chicas. “Los chicos no han de quedarse en casa.”, me explicó un día una amiga, “Ya de jovencitos se les pide que se vayan a la calle, porque si se quedan no serán Hombres, sino homosexuales. Nosotros lo hacemos así.” Esta era la razón por la que siempre los encontraba juntos en la entrada de la casa, en la plaza o en un campo de fútbol. Escogían un lugar y se lo apropiaban. Era suyo, y mejor no llevarles la contraria. Agrupados entre ellos, les aislaban de las mujeres y, en cierta manera, del amor. Las madres parecían encontrarlo normal. Eran condescendientes con todos los desmanes cometidos por sus hijos. Aún convirtiéndose en ladrones, traficantes o drogadictos, nunca les decían nada, era cosa del padre. Para las madres solo contaba la reputación de las hijas, no los estados de ánimo. Entonces comprendí que el machismo de los europeos era distinto.
A pesar de nuestras diferencias culturales, a pesar de la adversidad y de la violencia de ciertos jóvenes, la escuela francesa y republicana nos unía y permitía a numerosos hijos de inmigrantes no sólo una mejor formación, que nos facilitaba más tarde el acceso a los empleos mejor remunerados y más valorados, sino también un mejor conocimiento del otro. Como nuestros padres inmigrados eran cordiales los unos con los otros y como también convivían la mayor parte del día con los franceses, nosotros, los hijos de la primera generación de estos inmigrados hicimos de Francia un país menos racista, menos dominador, más rico en su diversidad y en su diferencia. Los matrimonios mixtos se extendían y a nadie le chocaba. Nos parecía normal el ayudarnos los unos a los otros, si no como paisanos como hacían nuestros padres, sí como gentes diferentes con un mismo objetivo, el vivir mejor y en total libertad. Y podían estar orgullosos de nosotros. Fuimos muchos los que nos graduamos, los que pudimos ocuparnos de todo el papeleo administrativo con el que nuestros progenitores tenían que lidiar, y quienes reivindicamos sus derechos. Nuestros padres consiguieron integrarse a base de matarse trabajando; nosotros mediante la ascensión profesional y el reconocimiento social.
(*) Un habitáculo de alquiler moderado o módico (en Francia, Argelia, Quebec o Suiza) es una vivienda administrada por un organismo público o privado que se beneficia de un financiamiento público parcial. En la actualidad existen en Francia 4 millones de viviendas sociales (alrededor del 18% del total) que albergan a 12 millones de personas.







