Crónicas de Angelita...
14/11/07 · Crónica 3
3. Reflexiones de una emigrante española en Francia
Traducción Alex Mestre
Hoy en día, en París y sus aledaños o en las grandes ciudades de provincia, no es extraño cruzarse por la calle con secretarias de dirección, informáticos, enfermeras, médicos, profesores, periodistas, comerciantes, gerentes o empresarias de origen extranjero. Todos tienen una historia que contar, una historia de emigrante. Yo no he olvidado la mía. Además, nunca he dejado de ayudar a niños con problemas en la escuela, sea cual sea su procedencia. He aprendido a entenderlos, a conocer sus tradiciones, y en algunos casos hasta a amarlos como si fueran mis propios sobrinos.
Se respiraba un buen ambiente en el París de finales de los 70. La generación de Mayo del 68 había impregnado la escuela y la mentalidad de mi generación de la rebelión al orden establecido y en el fervor por la causa de los otros. Además, la llegada de la izquierda al poder en 1.981 trajo un nuevo halo de esperanza por un mundo fraternal y mejor. Muchos fueron los que creyeron en ello, incluso yo misma.
¿Qué pudo suceder? ¿ Por qué desde la primera Guerra del Golfo a principios de los 90 y la posterior guerra en Argelia entre el FIS, posteriormente denominado GIA, Francia osciló entre la polémica o se sumergió en un tenso silencio ? ¿Qué decir de unos barrios del extrarradio que empezaban a agitarse más de lo acostumbrado, de esos jóvenes, de esos hombres y mujeres de mi edad con los que me había sentado en el colegio que, de repente, se aliaron con Saddam Hussein porque les permitía alzar con orgullo la cabeza o que clamaban con fuerza su apoyo al FIS?
Pues ocurrió que el Islam traspasó el muro del hogar magrebí para convertirse en una identidad política y social. Un Islam con una I muy grande, bajo cuyo nombre se degollaba en Argelia o en Afganistán, el mismo que había impuesto Khomeiny en Irán y que segaba la vida de tantos inocentes. El mismo Islam que ordenó el atentado en la estación del RER Saint-Michel en julio de 1.995, en pleno corazón de la capital parisina y que dejó ocho muertos y un centenar de heridos. Esto dejó a los parisinos en un estado de shock. Y a mí en un mar de lágrimas. Por pocos minutos no me vi afectada. Me retrasó una llamada telefónica que me retuvo en el despacho. Cuando llegué a dos pasos del puente Saint-Michel, la multitud corría y gritaba mientras las ambulancias aparecían en tromba y la policía acordonaba el lugar. Estaba conmocionada: ¡un atentado! La vida es tan frágil.
En el barrio, esa misma noche, las lenguas se desataron esa misma tarde. Decían que era el castigo inflingido por el GIA a los franceses y a su gobierno por apoyar al poder argelino. No estaban horrorizados. Se había hecho justicia según ellos. ¿Cómo pudieron apoyarlo? ¿No había mil distintas maneras de liberarse del yugo de las antiguas potencias coloniales? Al contrario. Este Islam, islamista y fundamentalista nacido en Oriente Próximo no sólo ajustaba cuentas con la Historia, sino que quería ser la propia Historia.
Esparciendo el odio a lo largo de toda la geografía francesa mediante imanes llegados como refuerzo a veces de Oriente Próximo o de combatir en Afganistán, se llamaba al orden a la comunidad musulmana exhortándola a demostrar su sumisión al Profeta y a la “Umma”, fuera de la cual nada es bueno, excluyendo así a los no musulmanes, esos infieles a los que había que combatir. ¿Cómo un discurso de este tipo pudo calar igualmente entre los jóvenes diplomados y entre los más marginados? Todo se mezclaba: la guerra de Argelia, la colonización, el conflicto de Oriente Próximo, el racismo anti – árabe o la humillación árabe.
Otros pueblos y minorías han sido históricamente humillados y sometidos sin proclamar algo como la “djihad”. ¿Qué decir de los negros, condenados a la esclavitud durante siglos, de los pueblos indígenas amerindios masacrados, de los propios asiáticos colonizados por los franceses, de los despreciados rom (*), de los indios y de tantos pueblos que otras potencias explotaron? ¿Cómo es que en Francia los poderes públicos no lo vieron venir? Se le reprochaba a la derecha, no sin razón, el no haber hecho nada por los habitantes del extrarradio, pero la izquierda, al intentar aplacar la susceptibilidad de unos y de otros desdramatizó la violencia islamista que fustigaba los suburbios. Cerró los ojos y se alineó con los hijos de esos inmigrantes magrebíes o africanos a los que tan bien les había ido. Así se echaba todo a cuenta de las malas condiciones de vida, del paro, de la exclusión social, etc. Pero he visto a tantos niños provenientes de todos los entornos sociales, de todos los lugares, de las más diversas religiones, sufrir, hundirse y salir adelante, por mil razones distintas, que este “cliché” ya no me convence. La izquierda no quiso afrontar la realidad: que la escuela y la laicidad republicana se encontraban en peligro. Me di cuenta rápidamente. En mi barrio, uno del 93, Seine Saint-Denis, el velo empezó a cubrir rápidamente el rostro de cada vez más chicas y cada vez más jóvenes. Y no sólo eso, sino que a toda francesa, portuguesa o española casada con un musulmán también se le exigía. Y a pesar de que ellas afirmaban hacerlo por defender su libertad de expresión, cuando me cruzaba con ellas, cosa que sucedía a menudo, las veía desdeñosas o tristes.
(*) Gitanos







